22 de diciembre de 2013

Todo el mundo tiene a alguien menos yo

Habiendo circulado en circuitos festivaleros así como estando en su ciclo de exhibición en Cineteca Nacional, es que tiene un modesto lanzamiento la ópera prima de Raúl Fuentes, un interesante relato acerca de la soledad en tiempos modernos o peor aún, del autosabotaje en las relaciones amorosas.

 

En esta película conocemos la historia de Alejandra (Andrea Portal), una mujer treintañera  que vive con una cierta soledad que conoce a María (Naian Daeva), una chica preparatoriana que apenas cumple la mayoría de edad. La primera tiene problemas para relacionarse con los demás y encuentra mejores amigos en los libros. La segunda está llena de insatisfacciones con su entorno social, en el cual participa plenamente, pero con el que se siente insatisfecha. Cuando las dos se encuentran surge una bonita historia de amor basada en las necesidades del momento de las dos, pero que por la misma naturaleza a de la misma, es difícil que sea duradera.

La cinta tiene un manejo minimalista que usa a su favor. La fotografía funciona para ilustrar la perspectiva de Alejandra, quien todo lo ve en blanco y negro dentro de un mundo cuadrado en el que si no coincides con ella en todo, no tienes cabida. Esto crea cierto conflicto ya que lo que la atrajo a María era su manejo fresco que rompía su esquema tradicional y juega como punto de unión y conflicto dentro de la relación.

Si bien la historia podría parecer predominantemente femenina debido al hecho de que los personajes principales son dos mujeres que tienen una relación entre ellas, en realidad sirve de punto de balance para analizar los conflictos que pueden surgir en cualquier confrontación emocional cuando dejamos de lado los  prejuicios de género.  Esto es más difícil de ilustrar en una relación heterosexual ya que se puede asumir que el papel dominante lo puede tener uno u otro género. Si el hombre es dominado, es mandilón, o si la mujer lo es, bueno, es parte de la formación tradicionalista machista que hay en nuestra sociedad. Gracias a la decisión del parte del equipo realizador nos evitamos este tipo de prejuicios que podrían presentarse y es más importante el duelo de personalidades y el conflicto que surge entre las chicas.


Mientras por una parte muestran aspectos de madurez, gracias al conocimiento y perspectiva sobre temas que tienen y que es lo que las atrae al principio, en el terreno de las relaciones muestran sus inseguridades lo que las deja en momentos como chicas caprichosas. Alejandra, quien ha vivido más, no está acostumbrada a cumplir con las normas sociales de una jovencita a quien trata de acostumbrar a una vida más refinada. “No te traje a este restaurante para que pidieras fetuccini. De haber sabido mejor nos íbamos por unos tacos” (¿hay taquerías que sirvan dicho platillo?)  le reclama Alejandra a María, a quién quiere tener en su vida pero no incondicionalmente. De la misma manera le cuesta trabajo el aceptar la vida social de quien al final es una preparatoriana. Sus amigos, sus fiestas y su forma de relacionarse es perfectamente adecuada a su edad, pero a la editora madura que sabe más que los demás le cuesta trabajo aceptarlo.

Mientras hay quienes pueden considerar que Todo el Mundo es una versión región 4 de La Vida de Adelle, esa comparación está muy lejos de ser verdad. Son obras distintas que lo único que tienen en común es el manejo de las relaciones entre dos mujeres, pero si tratamos de compararlas bajo términos tan simplistas, volvemos a mi comparación favorita que dice que todas las películas sobre Vietnam son la misma historia.  El manejo que hace la cinta es propositivo, ya que desde la fotografía se muestra una integración con la historia. El tipo de encuadres y la decisión de usar blanco y negro ilustra la perspectiva de la protagonista. La integración de intertítulos en la historia ilustra a los pocos amigos en los que confía Alejandra, que son los autores de los libros que disfruta. Estos y más elementos la separan de cualquier comparación con otra obra que haya salido antes, ya sea en nuestro país o el extranjero.


A pesar de alguno que otro detalle peculiar con la cinta (como la fantasía masculina de ligar chava guapa en librería a pesar de portarse petulante, lo cual jamás he logrado hacer, pero Alejandra es más que exitosa al ejecutar) o algunos elementos que la vuelven ilustrativa de problemas de primer mundo a pesar de que vivimos en México, Todo el Mundo Tiene un Título de Película Más Corto que el Mío es una cinta bastante recomendable e ilustra lo que se puede hacer con un presupuesto y manejo modesto pero basándose más en un buen desarrollo de guión. Espero que la siguiente cinta de Raúl Fuentes conserve la frescura, aunque ya amenaza con hacer una historia de mujeres vampiro… lesbianas.  Por lo pronto, si pueden verla en alguna de las pocas salas en que estará exhibiéndose, aprovechen. No se arrepentirán.