13 de marzo de 2016

The Hateful Eight

Después de algo de ruido y cacareo, es que llegó a nuestras carteleras la Octava Película de Quentin Tarantino (la octava si no contamos cosas de su filmografía, desde luego) en donde se da gusto y hace lo que siempre ha querido: películas ambientadas en el Oeste… pero que distan del manejo tradicional y ambientación del western tradicional.

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Poco después de la Guerra Civil Estadounidense el cazarecompensas John Ruth (Kurt Russell) y su captura, la peligrosa Daisy Domergue (Jennifer Jason Leight) van camino al poblado de Red Rock a hacer lo que todo cazarecompensas con su presa hacen. En el camino se encuentran con el Mayor Marquis Warren (Samuel L. Jackson en lo que es probablemente la mejor actuación de su carrera) y al Sheriff Chris Mannix (Walton Goggins). Más por necesidad que por gusto es que John Ruth comparte transporte y estancia con estos y otros coloridos personajes en una cabaña en medio de una terrible tormenta de nieve. El encierro y los intereses particulares saldrán a flote para mostrar el verdadero color de más de ocho personajes.

Es interesante el ver como dos cintas de directores tan distintos como Iñárritu y Tarantino tienen cosas en común, además de sus fechas de lanzamiento. El principal atributo en ambas cintas tiene que ver con la forma en que fueron hechas, así como el entorno en que se desarrollan las historias. Algunos se atreverían a decir que ambos directores tienen cierta megalomanía y exceso de ego en común, pero mejor enfoquémonos en las cintas.

Con el paso del tiempo, las últimas cintas de Tarantino muestran como ha mejorado en su manejo del lenguaje cinematográfico el ya de por sí dotado realizador. Desafortunadamente sus dos últimos trabajos (Django Unchained y The Hateful Eight) han mostrado su caída a ser un realizador autocomplasciente, lo cual lo pone en una delgada línea en la cual uno puede llegar a odiarlo o admirarlo. Mientras que su manejo de la historia en Django me dejó insatisfecho, su tratamiento de la violencia y sus consecuencias fue uno de los mejores del cine reciente. ¿Qué pasa con The Hateful Eight? La sustancia le gana al fondo, y los rumores a la realización.

El camino para la realización de su octava cinta (octava si contamos los dos Volúmenes de Kill Bill como una sola e ignoramos My Best Friend’s Birthday y sus trabajos colaborativos como Four Rooms y Grindhouse) fue un tanto controversial. La filtración del guión por parte del agente de uno de sus actores hizo que decidiera cancelar la realización ya que “la gente ya sabía de qué trataba”. Después decidió adaptar la historia a obra de teatro y tras tener una lectura del guión, Samuel L. Jackson le dio de cachetadas de razón y lo convenció que tenía que hacer la película, esto debido a la buena recepción que tuvo dicha lectura. Para llevarla a cabo como algo “más grande que el cine tradicional” es que decide filmarla en Ultrapanavision, en gloriosos 70 milímetros de celuloide, de esos que no se usaban plenamente desde los sesentas y que muestra más imagen que el Imax tradicional usado por Nolan o Thomas Anderson.





El uso de los 70 milímetros podría aprovecharse para mostrar imágenes increíbles. Nolan lo usaba para tomas abiertas en su mayoría y transmitirnos una sensación de realidad en su Ciudad Gótica o una sensación claustrofóbica en las cloacas en medio de una pelea brutal con su Caballero de la Noche. Con Tarantino tenemos un manejo peculiar. Mientras que son pocas las escenas que ocurren en exterior en donde uno puede ver un mundo enorme a través de la pantalla, prácticamente toda la película ocurre en el interior de una cabaña.

¿De qué sirve usar una imagen más grande si al final vamos a mostrar espacios pequeños al espectador? El manejo del Ultrapanavisión no solamente sirve para mostrar más imagen sino para que la imagen que se muestra tenga una mayor calidad. La cantidad de detalle y la viveza de los colores en pantalla es superior y en escenas tan simples como un paneo de cámara para ver a los personajes discutir, de pie, dentro de la cabaña, se sienten vivas en realidad. Desafortunadamente en nuestro país solo se exhibieron copias en formato digital y tamaño de 35 milímetros, sin llegar siquiera al Imax que se acercaría más a la intención del director. Luego porqué se niega a venir a presentar sus películas a México.

¿De qué sirve el manejo de este formato a la historia? Esto tiene que ver más con la evolución que tuvo el proyecto. Después de ver uno la película se puede entender como pudo ser adaptada a obra de teatro sin mucho problema. La viveza de la pantalla, al hacerla cine, ayuda a conservar esa sensación. Sin embargo, a pesar de ese gran atributo y un trabajo de cámara por parte de Robert Richardson competente, a nivel visual no hay nada memorable que muestre que esto fue más que un capricho noble del director por resucitar el formato.

El mayor defecto que tiene la cinta de Tarantino es la falta de freno en el director. La cinta dura más de tres horas de las cuales, sin problema, podríamos quitar una. Esto no es tanto porque no haya momentos importantes ya que una de las constantes en Tarantino es el saber manejar diálogos de manera inteligente y hacer que hasta una charla en una cafetería sea de interés. Sin embargo la cinta se siente como una revisión de Tarantino’s Greatest Hits ya que básicamente nos cuenta la misma primicia de Perros de Reserva, pero en el oeste.

Fred Raskin es un editor competente que ha trabajado con Quentin desde Kill Bill y fue su editor principal en Django y ha hecho cosas más dinámicas en la serie de Fast and the Furious o en Guardians of the Galaxy. Sin embargo no tiene el peso que Sally Menke tenía en el trabajo de Tarantino y es incapaz de frenar al director. En esta cinta no contamos con secuencias tan memorables como el inicio de Inglorious Basterds en donde los planos respiran y muestran la acción, sino que contamos con cortes frenéticos en una conversación donde la toma y contratoma se empalman en una charla entre Kurt Rusell y Samuel L. Jackson, solo por poner un ejemplo. Esto nos puede mostrar o una deficiencia en la planeación de fotografía (cosa rara ya que Robert Richardson es un cinefotógrafo con tres Óscares en su haber), o en la edición (cosa que ya mencionamos) o en la dirección misma al trasladar lenguaje más propio de la televisión al cine en un proyecto supuestamente diseñado para revivir lo glorioso del formato.



El mayor pecado de Tarantino es el no aprovechar como pretendía todos los instrumentos a su alcance para hacer la película que él quería. Finalmente cuenta con un score original compuesto por Ennio Morricone, pero similar al regreso de John Williams con Star Wars, no tiene una pieza verdaderamente memorable. Lo mismo ocurre con el trabajo de cámara y el hecho de que se repita con el manejo de historia debería ser un fuerte indicador de que necesita hacer algo radicalmente distinto. Pónganlo a dirigir una cinta de súper héroes con Disney o Warner Brothers, en donde la presión de un productor seguramente le ayudará a que retome el buen camino y vuelva a recurrir a su talento y creatividad y no destruya buenas ideas como si fueran guitarras antiguas prestadas para la producción de esta cinta. Aunque quizás al final se vaya corriendo y diga “no necesito esto ya que soy un genio” y se regresa con los Weinstein. Si lo hace, ojalá y al menos haga un western más experimental, con artes marciales o extraterrestres.

¿Vale la pena ver a los Ocho Más Odiados de Tarantino? Si eres seguidor del director, sin duda. Su manejo del lenguaje cinematográfico mejora con cada cinta, pero como todo ying tiene un yang, tiende a endiosarse y perder el freno que necesita y que antes tenía en parte por su fallecida editora. Los Weinstein, sus productores, le seguirán dando carta blanca mientras genere taquilla, sin embargo debido a la duración, su cinta más reciente lleva recaudada una tercera parte que su anterior trabajo. Aunque siga pagando las cuentas, no es tan buen negocio como solía serlo.